Influencers del vacío 😵‍💫

Influencers del vacío 😵‍💫

El influencers del vacío no crea, ocupa espacio. Vive del ruido, del algoritmo y del tiempo ajeno. Su mérito no es el esfuerzo, sino la visibilidad. No transmite valores, transmite horas muertas. No enseña a pensar, enseña a perder el tiempo con entusiasmo. Es la glorificación de la nada, en alta definición.

Hay una nueva aristocracia sin linaje, sin oficio y sin obra. No construyen casas, no escriben libros, no enseñan un saber, no curan, no educan, no siembran. Transmiten. Prenden una cámara o varias y se sientan frente a una pantalla y juegan. Juegan mientras otros trabajan. Juegan mientras otros envejecen. Juegan mientras otros sostienen el mundo real con las manos gastadas. Y a eso lo llaman contenido.

El filósofo Zygmunt Bauman lo vio venir. En su idea de modernidad líquida, describió una cultura sin raíces, sin compromisos duraderos, donde todo es consumo rápido y desechable. El influencer encaja perfecto en ese molde, contenido líquido, identidad líquida, éxito líquido. Hoy entretiene, mañana desaparece. No deja huella, deja residuos digitales.

Guy Debord fue aún más brutal. En La sociedad del espectáculo advirtió que la vida real sería reemplazada por su representación.

No importa vivir, importa mostrarse.
No importa hacer, importa parecer.

El influencer del vacío no es protagonista de su vida, es un actor permanente de un espectáculo que necesita ser visto para existir. Y el espectador, hipnotizado, confunde mirar con vivir.

Byung-Chul Han pone el dedo en la llaga contemporánea. Habla de la sociedad del cansancio y de la hiperestimulación. No estamos oprimidos por la fuerza, sino por el exceso. Exceso de imágenes, de estímulos, de ruido. El gaming eterno, los streams interminables, la risa forzada, no descansan la mente, la agotan. No generan placer profundo, generan agotamiento disfrazado de diversión.

Neil Postman lo dijo sin metáforas, divertirse hasta morir. Cuando todo se convierte en entretenimiento, incluso la cultura, el pensamiento y la educación, la sociedad pierde su capacidad crítica. Estos influencers no educan porque educar aburre, no forman porque formar exige tiempo, no incomodan porque incomodar hace perder seguidores. El algoritmo ama lo simple, odia lo profundo.

En este mismo sentido, Hannah Arendt habló de la banalidad del mal. Hoy ese mal no se presenta con botas ni discursos grandilocuentes, sino con auriculares, luces LED y risas enlatadas. No hace falta maldad consciente, alcanza con la ausencia de pensamiento. El influencer que no reflexiona, que no se pregunta qué transmite, colabora, aunque no lo sepa, con una cultura anestesiada.

Estos personajes viven de internet y predican una religión peligrosa: “viví de las redes”. No del trabajo, no del oficio, no del estudio, no del sacrificio. Viví de likes, de vistas, de donaciones. Viví del otro. Del gil que mira. Del que cree que eso es un camino. Del que confunde exposición con éxito.

No promueven el trabajo porque no lo conocen. No promueven el esfuerzo porque nunca lo necesitaron. No promueven el pensamiento porque espanta al algoritmo. Promueven la fantasía de que se puede vivir sin raíces, sin horarios, sin disciplina, sin responsabilidad. Pero esa fantasía solo funciona para unos pocos, el resto queda atrapado mirando, esperando, soñando con una fama que nunca llega.

La atención es el botín de guerra de esta época. Quien la controla, gobierna la conducta. Y estos influencers son soldados del ruido, no por malicia, sino por vacío. No hay mensaje porque no hay interioridad. No hay profundidad porque nunca hubo silencio.

El resultado está a la vista, jóvenes cansados sin haber trabajado, adultos frustrados sin haber construido, niños hiperestimulados sin capacidad de concentración. Información sin sabiduría. Opiniones sin lectura. Espiritualidad reducida a frases motivacionales recicladas.

Desconectar no es huir. Es resistir. Apagar la pantalla es hoy un acto de rebeldía. Volver a leer, volver a escribir, volver a pensar. Recuperar el silencio como cuna del pensamiento. Revalorizar el trabajo, el estudio, el oficio, la constancia. Porque una vida no se juega, se vive. Y el vacío, por más seguidores que tenga, sigue siendo vacío.

Artículo extraído de Facebook, pertenece a Julio Chaves

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